La Reina Margot
La Reina Margot —SÃ, pero, como mi amigo, con una pequeña condición.
—¿Cuál?
—Que devolváis al señor de La Mole los cincuenta escudos de oro que le debo y que os confié.
—¿A mÃ, señor? ¿Cuándo?
—Un cuarto de hora antes de que vendieseis mi caballo y mi maleta.
La Hurière hizo un gesto de resignación.
—¡Ah! ¡Ya comprendo! —dijo.
Y acercándose a un armario sacó uno tras otro los cincuenta escudos y se los entregó a La Mole.
—¡Está bien! —dijo el gentilhombre—. Servidnos una tortilla. Los cincuenta escudos serán para Gregorio.
—¡Oh! —exclamó La Hurière—. En verdad que tenéis un corazón de prÃncipe y podréis contar conmigo vivo o muerto.
—En ese caso —dijo Coconnas—, preparadnos la tortilla y no ahorréis manteca ni tocino.
Y mirando el reloj, agregó:
—A fe mÃa, La Mole, que tienes razón. Nos faltan todavÃa tres horas de espera y tanto da pasarlas aquà como en otra parte. Sin contar con que, si no me equivoco, estamos a mitad de camino del puente de Saint-Michel.