La Reina Margot
La Reina Margot —Pero, señores, creo que podrÃamos arreglarnos.
—Oye —dijo La Mole—, yo soy quien tiene más motivo de queja contra ti.
—Es verdad, señor conde, porque me acuerdo que en un momento de locura tuve la audacia de amenazaros.
—SÃ, con una bala que me pasó rozando la cabeza.
—¿Lo creéis as�
—Estoy seguro.
—Si estáis seguro, señor de La Mole —dijo La Hurière recogiendo su cacerola con aire inocente—, no seré yo, que soy vuestro humilde servidor, quien os desmienta.
—Por mi parte no te reclamo nada.
—¿Cómo, señor mÃo?
—A no ser…
—¡Ay, ay! —dijo La Hurière.
—Que me des de comer a mà y a mis amigos cada vez que venga.
—¡Cómo no! —gritó el posadero encantado—. Estoy a vuestras órdenes, señor conde, a vuestras órdenes.
—Entonces, ¿es cosa hecha?
—Y de todo corazón. Y vos, señor Coconnas —continuó el posadero—, ¿os adherÃs al convenio?