La Reina Margot
La Reina Margot —¿Y dos maletas?
—SÃ, en las habitaciones.
—Es que… vosotros me creÃsteis muerto, ¿no?
—Exacto.
—Y sin embargo os equivocasteis… También pude equivocarme yo.
—¿Creyéndonos muertos? Es muy natural.
—¡Ah! Pero es el caso… que como morÃais ab-intestato[18]… —continuó maese La Hurière.
—Sigue.
—CreÃ, y ahora veo que estaba equivocado…
—¿Qué creÃsteis? Acabad.
—Que os podÃa heredar.
—¡Ah! ¡Ah! —exclamaron los dos jóvenes.
—Pero no por eso estoy menos satisfecho de veros con vida…
—¿De modo que habéis vendido nuestros caballos? —dijo Coconnas.
—¡Ay de mÃ!
—¿Y nuestras maletas? —interrogó La Mole.
—¡Oh! ¡Las maletas, no! —exclamó La Hurière—. Solamente lo que habÃa dentro de ellas.
—Dime La Mole —dijo Coconnas— ¿no lo parece que es un rematado pillo? Si le destripáramos…
Esta amenaza pareció surtir un gran efecto sobre La Hurière, que arriesgó estas palabras: