La Reina Margot
La Reina Margot —Todo eso es tan cierto como el Evangelio, señor. Pero el ruido que oísteis fue el de la bala al chocar contra mi casco, donde felizmente se estrelló; verdad es que el golpe no dejó de ser fuerte y la prueba —agregó La Hurière quitándose el gorro y mostrando su cabeza pelada como una rodilla— aquí la tenéis: no me ha quedado ni un solo pelo.
Los dos jóvenes se echaron a reír al ver aquella cabeza grotesca.
—¡Ah! ¿Os reís? —dijo el posadero un poco más tranquilo—. ¿No venís entonces con malas intenciones?
—Y vos, maese La Hurière, ¿os habéis curado de vuestras inclinaciones belicosas?
—Sí, por cierto; y ahora…
—¿Ahora qué?
—He hecho la promesa de no ocuparme de otro fuego que no sea el de mi cocina.
—¡Bravo! Eso es ser prudente —añadió el piamontés—. Y hablando de otra cosa, nosotros dejamos en vuestra cuadra dos caballos y en vuestras habitaciones dos maletas.
—¡Diablos! —dijo el posadero mientras se rascaba una oreja.
—¿Qué ocurre?
—¿Dos caballos, decís?
—Sí, en la cuadra.