La Reina Margot
La Reina Margot —Que el diablo me lleve —murmuró Coconnas—, si no me da pena ver esta casa tan alegre cuando debÃa estar tan triste. ¡Pobre La Hurière!
—Quiso matarme —dijo La Mole—, pero le perdono de todo corazón.
Apenas habÃa pronunciado estas palabras cuando apareció un hombre llevando una cacerola en cuyo fondo se doraban unas cebollas que removÃa con una cuchara de madera.
La Mole y Coconnas dieron un grito de sorpresa.
Al oÃrlo, el hombre levantó la cabeza y respondiendo con otro grito semejante, dejó caer la olla quedándose con la cuchara en la mano.
—In nomine Patris —dijo el hombre agitando su cuchara a manera de hisopo—, et Filii, et Spiritus Sancti…
—¡Maese La Hurière! —exclamaron los dos Jóvenes.
—¡Señores de Coconnas y de La Mole! —dijo La Hurière.
—¿No estabais muerto? —preguntó Coconnas.
—¿Estáis vivos? —dijo La Hurière.
—Sin embargo —prosiguió Coconnas—, os vi caer y oà el ruido de la bala que os rompió no sé qué cosa. Os dejé tendido en el arroyo perdiendo sangre por la nariz, la boca y hasta por los ojos.