La Reina Margot
La Reina Margot —¡Y ahora! ¡Y ahora!… ¿Qué es esto?… Ya, ya comprendo. Esto quiere decir Enrique IV. ¡Oh! —gruñó arrojando el cuchillo—. Una maldición pesa sobre mi descendencia.
Aquella mujer, pálida como un cadáver, iluminada por el lúgubre resplandor de la lamparilla y crispando sus manos ensangrentadas, ofrecÃa un aspecto terrible.
—¡Reinará! —dijo con desesperado aliento—. ¡Reinará!
—Reinará —repitió Renato sumido en profundas cavilaciones.
Sin embargo, no tardó en desaparecer tan sombrÃa expresión del rostro de la reina a la luz de una idea que parecÃa surgir del fondo de su cerebro.
—Renato —dijo extendiendo la mano hacia el florentino, pero sin levantar la cabeza que tenÃa reclinada sobre el pecho—, ¿conoces una terrible historia de un médico de Perusa que envenenó al mismo tiempo con una pomada a su hija y al amante de su hija?
—SÃ, señora.
—¿Y quién era el amante? —continuó Catalina, siempre pensativa.
—El rey Ladislao, señora.
—¡Ah! ¡Es verdad! ¿Conoces algunos detalles acerca de esta historia?
—Poseo un viejo libro que trata de ella —respondió Renato.