La Reina Margot

La Reina Margot

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—¡Oh! Me la envió Renato, Sire. Es la famosa pasta que me prometió hace mucho tiempo para suavizar estos labios que Vuestra Majestad tiene a veces la bondad de encontrar dulces.

Enrique, para probar lo que acababa de decir la encantadora mujer cuya frente se iba despejando a medida que penetraba en el terreno de la coquetería, acercó sus labios a los que la baronesa contemplaba en el espejo.

Carlota alargó la mano para coger la cajita que acabamos de mencionar, con idea sin duda de enseñar a Enrique el modo de usar la pasta encarnada, cuando un golpe seco dado en la puerta de la antesala hizo estremecerse a los dos amantes.

—Han llamado, señora —dijo Dariole asomando la cabeza por la abertura de las cortinas.

—Ve a ver quién es y luego vuelve —dijo la señora de Sauve.

Enrique y Carlota se miraron con inquietud, y ya se disponía el rey a retirarse al oratorio donde más de una vez se había escondido, cuando reapareció la doncella.

—Señora, es Renato el perfumista —dijo.

Al oír este nombre, Enrique frunció el ceño y se mordió los labios sin querer.

—¿No queréis que le reciba? —preguntó Carlota.


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