La Reina Margot
La Reina Margot Enrique frunció el ceño, pero comprendió que Renato se proponía llegar a un fin ignorado y resolvió sostener aquella conversación que despertaba en él tan dolorosos recuerdos.
—¿Y conocéis también los detalles del envenenamiento del príncipe de Porcian? —preguntó.
—Sí —dijo—, sabía que todas las noches dejaban una lamparita encendida junto a su lecho; envenenaron el aceite y murió asfixiado por las emanaciones.
Enrique sintió que se crispaban sus dedos, húmedos de sudor.
—Así, pues —murmuró—, ¿aquel a quien llamáis amigo vuestro no sólo conoce los detalles del envenenamiento, sino que también conoce a su autor?
—Sí, y por eso quisiera saber de vos si ejercéis sobre su hermano, el otro príncipe de Porcian, bastante influencia como para hacer que perdone al asesino.
—Por desgracia —respondió Enrique—, como soy todavía medio hugonote no tengo la menor influencia sobre el príncipe de Porcian: haría mal vuestro amigo dirigiéndose a mí. Os lo aseguro.
—¿Pero qué pensáis de los propósitos del señor Condé y del príncipe de Porcian?
—¿Cómo queréis que sepa cuáles son sus propósitos? Dios no me ha dado el privilegio de leer en los corazones.