La Reina Margot

La Reina Margot

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—Pues bien, ofrecieron una manzana perfumada al príncipe de Condé. Su médico, que por suerte estaba allí cuando se la llevaron, la cogió de manos del mensajero y la olió para probar su aroma y sus virtudes.

Dos días después una hinchazón gangrenosa del rostro, un envenenamiento de la sangre, una llaga que le consumía la cara, fueron el precio de su lealtad y el resultado de su imprudencia.

—Desgraciadamente —respondió Enrique—, como soy ya medio católico, he perdido toda mi influencia sobre el señor de Condé; vuestro amigo hará mal en dirigirse a mí.

—Vuestra Majestad no sólo podía ser útil a mi amigo por su influencia sobre el señor de Condé, sino también sobre su hermano el príncipe de Porcian.

—¡Ah! —dijo Carlota—. ¿Sabéis, Renato, que vuestras historias dan bastante miedo? Solicitáis audiencia en mala ocasión. Es tarde y vuestra conversación es lúgubre. En realidad valen más vuestros perfumes.

Y Carlota alargó de nuevo la mano hacia la cajita de carmín.

—Señora —dijo Renato—, antes de probarla como vais a hacerlo, escuchad de qué artes se valen los malos para producir crueles efectos.

—Decididamente, Renato —dijo la baronesa—, estáis fúnebre esta noche.


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