La Reina Margot

La Reina Margot

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Luego, deteniendo su caballo ante De Mouy:

—Amigo mío —le dijo—, llama a uno de tus compañeros para que te reemplace. Ayuda al palafrenero a desensillar este caballo, cárgate la silla a la cabeza y llévala a casa del talabartero para que concluya el bordado que no tuvo tiempo de terminar para hoy. Después vuelve a mi habitación a darme la respuesta.

De Mouy se apresuró a obedecer, porque el duque de Alençon había abandonado la ventana y era evidente que había entrado en sospechas.

En efecto, apenas habían dado la vuelta a la garita, cuando apareció el duque de Alençon. Un suizo verdadero ocupaba el puesto de De Mouy.

El duque miró atentamente al nuevo centinela, y volviéndose a Enrique le preguntó:

—Este no es el hombre con quien hablabais hace un momento, ¿verdad, hermano?

—No, el otro es un muchacho de mi séquito que hice entrar en la guardia suiza; le di un encargo y fue a cumplirlo.

—¡Ah! —exclamó el duque como si aquella respuesta le bastara—. ¿Y cómo está Margarita?

—Voy a preguntárselo, hermano mío.

—¿No la habéis visto desde ayer?

—No, me presenté en su habitación anoche a eso de las once, pero Guillonne me dijo que estaba muy fatigada y que se hallaba dormida.


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