La Reina Margot

La Reina Margot

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—No lo sé exactamente —dijo Enrique poniendo el caballo a galope corto y haciéndole describir un círculo para domarle—. Según me dijo Dariole, padece una gran pesadez de cabeza, una especie de entorpecimiento de todo el cuerpo, en fin una debilidad general.

—¿Y os impedirá eso ser de la partida? —preguntó el duque.

—¿A mí? ¿Por qué? —respondió Enrique—. Ya sabéis que soy un apasionado de la caza y nada podría hacerme desistir.

—Pues lo que es a esta no asistiréis, Enrique —dijo el duque después de volver la cabeza y hablar un momento con una persona que permanecía invisible a los ojos del bearnés y que sin duda respondía desde el fondo de la habitación—, porque me acaba de decir Su Majestad que la caza no tendrá lugar.

—¡Bah! —exclamó Enrique con el aire más desilusionado del mundo—. ¿Y por qué?

—Parece que han llegado unas cartas muy importantes del señor de Nevers. El rey, la reina madre y mi hermano, el duque de Anjou, están reunidos en Consejo.

«¡Ah! —dijo para sí Enrique—. ¿Habrán llegado noticias de Polonia?».

Y en voz alta:

—En ese caso, es inútil que siga arriesgándome en esta resbaladiza escarcha. ¡Hasta la vista, hermano!


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