La Reina Margot
La Reina Margot —Tened vuestro mosquete y volved a vuestro puesto. Al regresar trataré de deciros dos palabras; pero si no lo hago no me detengáis. Adiós.
De Mouy reanudó su acompasada marcha y Enrique se acercó al caballo.
—¿De quién es este precioso animalejo? —preguntó el duque de Alençon desde la ventana.
—MÃo, pensaba probarlo esta mañana —respondió Enrique.
—Pero no es un caballo para un hombre.
—Por eso está destinado a una hermosa dama.
—Cuidado, Enrique, no seáis indiscreto, porque hemos de ver a esa dama en la cacerÃa y si no sé de cuál sois caballero, al menos sabré de quién sois escudero.
—Pues a fe mÃa que no lo sabréis —dijo Enrique con su fingida candidez—, porque la bella dama está enferma esta mañana y no podrá salir.
Y al decir esto montó a caballo.
—¡Ah! ¡Bah! —dijo el de Alençon riendo—. ¡Pobre señora de Sauve!
—¡Francisco! ¡Francisco! ¡Ahora sois vos el indiscreto!
—¿Y qué le ocurre a la bella Carlota? —preguntó el duque.