La Reina Margot

La Reina Margot

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—Tengo que hablar a Vuestra Majestad.

—¡Desdichado! —dijo el rey aproximándose—. ¿No sabes que te juegas la cabeza?

—Lo sé.

—¿Y entonces?

—Entonces… aquí estoy.

Enrique se puso ligeramente pálido, porque comprendió que él corría el mismo peligro que el atrevido joven. Miró a su alrededor con cierta inquietud y retrocedió tan rápidamente como la vez anterior.

Acababa de ver al duque de Alençon asomado a una ventana.

Cambiando en seguida de actitud, Enrique cogió el mosquete de manos de De Mouy, que, como hemos dicho, estaba de centinela, fingiendo examinarlo.

—De Mouy —dijo—, no habréis venido a meteros en la boca del lobo sin tener un motivo poderoso, ¿no es cierto?

—Así es, Sire. Hace ocho días que acecho la oportunidad de hablaros. Ayer supe que Vuestra Majestad iba a probar este caballo hoy por la mañana y ocupé este puesto en la puerta del Louvre.

—Pero ¿y el uniforme?

—El capitán de la compañía es un protestante amigo mío.


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