La Reina Margot
La Reina Margot
L día siguiente debía celebrarse una cacería en el bosque de Saint-Germain.
Enrique había ordenado que le tuvieran dispuesto para las ocho de la mañana, con montura y riendas, un potro de Bearne que pensaba regalar a la señora de Sauve después de probarlo.
A las ocho menos cuarto estaba ensillado el animal. Al dar las ocho bajaba Enrique.
El caballo, altivo a impetuoso pese a su pequeña talla, sacudía las crines y relinchaba en el patio del palacio. Hacía frío y una ligera escarcha cubría el suelo.
Enrique se disponía a atravesar el patio para llegar a las caballerizas, donde le aguardaban el caballo y el palafrenero, cuando, al pasar por delante de un soldado suizo que estaba de centinela, vio que le presentaba armas diciendo:
—¡Dios guarde a Su Majestad el rey de Navarra!
Este deseo, y sobre todo el tono de voz en que fue pronunciado, hicieron estremecer al bearnés, quien, volviendo la cabeza y dando un paso hacia atrás:
—¿De Mouy? —murmuró.
—En efecto, Sire, el mismo.
—¿Qué venís a hacer aquí?
—Os busco.
—¿Qué deseáis?