La Reina Margot
La Reina Margot Tranquilizado el estómago, ya que no el espíritu, La Mole se puso de nuevo en camino siguiendo la orilla del Sena como un marido que buscase el cuerpo de su esposa ahogada. Al llegar al muelle de la Greve reconoció el lugar donde, tal y como le había dicho al duque de Alençon, fue atacado hacía tres o cuatro horas, cosa nada extraña en aquel París cien años anterior al París en que Boileau se despertaba al oír que una bala atravesaba su persiana. No tardó en encontrar sobre el campo de batalla un trozo de una pluma perteneciente a un sombrero.
El instinto de propiedad es innato en el hombre. La Mole poseía diez plumas, a cual más bella, pero no por eso dejó de inclinarse a recoger aquella o, mejor dicho, sus restos. Se hallaba mirándolos con aire melancólico cuando oyó ruido de pisadas que se aproximaban y unas fuertes voces que le ordenaban echarse a un lado. Levantó la cabeza y vio una litera precedida por dos pajes y seguida por un escudero.
La Mole creyó reconocerla y se apartó rápidamente.
No se había equivocado.
—¡Señor de La Mole! —dijo una voz llena de dulzura que salió del carruaje mientras una blanca mano, suave como raso, apartaba las cortinillas.
—Sí, señora, él mismo —respondió La Mole haciendo una reverencia.