La Reina Margot
La Reina Margot —Ahora mismo.
—No.
—¿No eras tú quién ha desaparecido por la puerta hace diez minutos?
—No.
—¿No eras tú quién ha subido esta escalera como si lo persiguiera una legión de diablos?
—No.
—¡Maldita sea! —exclamó Coconnas—. El vino de A la Belle Etoile no es tan malo como para haberme trastornado hasta ese punto la cabeza. Te digo que acabo de ver tu capa color cereza y tu pluma blanca entrar por la puerta del Louvre, que perseguà a una y a otra hasta el pie de esta escalera y que tu capa, tu pluma, todo, hasta lo brazo que parece un balancÃn, era esperado por una dama que, según sospecho, era la reina de Navarra, la cual hizo entrar todo este conjunto por aquella puerta que, si no me equivoco, es la que corresponde a la habitación de la bella Margarita.
—¡Voto al diablo! —dijo La Mole palideciendo—. ¿Será una traición?
—¡En buena hora! —dijo Coconnas—. Jura cuanto quieras, pero no digas que miento.