La Reina Margot
La Reina Margot La Mole titubeó un instante, cogiéndose la cabeza entre las manos y dudando entre el respeto y los celos. Pero estos últimos salieron victoriosos; se lanzó hacia la puerta y empezó a golpear con todas sus fuerzas produciendo un estrépito muy poco adecuado a la majestad del lugar en que se hallaba.
—Nos van a detener —dijo Coconnas—, ¡pero no importa, de todas maneras es muy gracioso! Dime, La Mole, ¿no hay fantasmas en el Louvre?
—No lo sé —respondió el joven tan pálido como la pluma que sombreaba su frente—. Pero siempre he deseado verlos, y ya que se presenta la ocasión, haré todo lo posible por tenerlos cara a cara.
—Yo no me opongo —dijo Coconnas—, sólo te pido que golpees un poco más quedo si no quieres que se enfaden.
La Mole, por muy exasperado que estuviese, comprendió lo acertado de la observación y continuó llamando, sólo que con más suavidad.