La Reina Margot

La Reina Margot

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—Sí, pero todavía, Dios me perdone, dudáis de mí.

—¡Ah! Hago mal, soy un ingrato, o mejor, como ya os he dicho y repetido, un loco. Pero ¿por qué estaba aquí esta noche el señor De Mouy? ¿Por qué le he visto esta mañana hablando con el duque de Alençon? ¿Qué significan esa capa color cereza, esa pluma blanca, ese interés en imitar mi modo de andar?… ¡Ah, señora! No es de vos de quien sospecho, sino de vuestro hermano.

—¡Desdichado! —dijo Margarita—. ¡Pobre desdichado si creéis que el duque Francisco lleva la complacencia hasta el extremo de introducir un pretendiente en el aposento de su hermana! ¡Insensato! Os creéis celoso y no habéis adivinado… ¿Sabéis, La Mole, que el duque de Alençon os mataría mañana con su propia espada si supiese que habéis estado aquí esta noche, a mis pies, y que en vez de echaros os he dicho: «Quedaos dónde estáis, La Mole, porque os amo»? ¿Oís? Porque os amo. Pues bien, os lo repito, sería capaz de mataros.

—¡Dios mío! —exclamó La Mole retrocediendo y mirando a Margarita con terror—. ¿Será posible?


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