La Reina Margot

La Reina Margot

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—Salvo que os cambiáis de bando.

—Es un derecho que he adquirido salvándoos la vida.

—Perfectamente, señora, y como entre los amantes, cuando uno se separa, se le devuelve todo lo que ha dado, os salvaré la vida a mi vez si se presenta la ocasión y estaremos en paz.

Después de pronunciar estas palabras, el duque se inclinó y abandonó la estancia sin que Margarita hiciera un solo gesto para retenerle. En la antecámara encontró a Guillonne, que le condujo hasta la ventana de la planta baja, y en el foso a su paje, con el cual regresó a su casa.

Entre tanto, Margarita se acercó pensativa a la ventana.

—¡Qué noche de bodas! —murmuró—. ¡El esposo me rehuye y el amante me abandona!

En este momento pasó del otro lado del foso, viniendo de la Tour du Bois y en dirección a la Casa de la Moneda, un colegial, que, con las manos puestas en la cintura, cantaba:

Pourquoi doncques, quand je veux

Ou mordre tes beaux cheveux,

Ou baiser ta bouche aimée,

Ou toucher à ton beau sein,

Contrefais-tu la nonnain

Dedans un cloître enfermée?


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