La Reina Margot
La Reina Margot —¡Oh! No habléis de interés…, ni de ambición, señora…, no manchéis vos misma el sentimiento que me inspiráis… ¡Devoción, nada más que devoción!
—¡Qué noble corazón! —dijo Margarita—. SÃ, acepto tu cariño y sabré recompensarlo.
Y le tendió las dos manos, que La Mole cubrió de besos.
—¿Qué respondéis? —preguntó ella.
—Que sÃ, Margarita —dijo La Mole—. Comienzo a comprender cierto vago proyecto del que ya se hablaba entre nosotros, los hugonotes, antes de la matanza de San Bartolomé y para cuya ejecución vine a ParÃs como tantos otros más dignos que yo. ¿Deseáis la soberanÃa real de Navarra, que debe reemplazar la ficticia que poseéis? El rey Enrique os ayuda. De Mouy conspira con vosotros, ¿no es cierto? Pero ¿qué papel desempeña el duque de Alençon en todo esto? ¿Dónde hay un trono para él? No lo entiendo. ¿Es tan… amigo vuestro el duque de Alençon como para prestaros ayuda sin exigir nada a cambio de los peligros que corre?
—El duque, amigo mÃo, conspira por su cuenta. Dejémosle perderse; su vida responde por la nuestra.
—Pero yo, que estoy a su servicio, ¿puedo traicionarle?