La Reina Margot

La Reina Margot

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Esta indisposición que Enrique había ya anunciado al duque de Alençon llegó a oídos de la reina Catalina cuando preguntaba en tono indiferente por qué causa no se presentaba, como de costumbre, la señora de Sauve a la hora de levantarse.

—Está enferma —respondió la señora de Lorena, que se encontraba allí.

—¡Enferma! —repitió Catalina, sin que un solo músculo de su rostro denunciara el interés con que oyó la contestación—. Será algún capricho de perezosa.

—No, señora —dijo la princesa—, parece que siente un violento dolor de cabeza y una debilidad que le impide andar.

Catalina no respondió; pero, para ocultar su júbilo, sin duda, se volvió hacia la ventana, por donde precisamente vio a Enrique que atravesaba el patio después de su diálogo con el señor De Mouy.

Se levantó para observarle mejor e, impulsada por esa conciencia que se agita constantemente en el fondo del corazón de los criminales más feroces, preguntó al capitán de su guardia:

—¿No os parece que mi hijo Enrique está más pálido esta mañana que de costumbre?

Nada más falso; Enrique se hallaba muy preocupado, pero gozaba de perfecta salud.


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