La Reina Margot

La Reina Margot

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—Espera. Constantemente seguido por un individuo de cara feroz, que tenía como él caballos de relevo y corría con la misma rapidez durante todo el trayecto de cuatrocientas leguas, el pobre mensajero temía a cada instante que una bala de pistola le atravesara los riñones. Los dos llegaron a la barrera de Saint-Marcel al mismo tiempo; los dos bajaron por la calle de Mouffetard al galope; los dos atravesaron la Cité. Pero al llegar al extremo del puente de Nôtre-Dame, nuestro correo dobló a la derecha, mientas que el otro torcía hacia la izquierda por la plaza del Châtelet, y llegaba por los muelles hasta el Louvre como una flecha.

—¡Gracias, mi buena Enriqueta, muchas gracias! —exclamó Margarita—. Tenías razón, son muy interesantes estas noticias. ¿Para quién sería el otro correo? Ya lo sabré. Ahora retírate. Esta noche nos veremos en la calle Tizon, ¿no es cierto?, y mañana en la cacería. Elige sobre todo un caballo que sea brioso para que se adelante y podamos quedarnos solas. Luego te diré lo que deseo que averigües de Coconnas.

—¿No olvidarás la carta que te he dado? —preguntó riendo la duquesa.

—No, no, puedes estar totalmente tranquila, la recibirá a tiempo.

En cuanto salió la señora de Nevers, Margarita envió a buscar a Enrique y al presentarse este le enseñó la carta del duque de Nevers.


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