La Reina Margot
La Reina Margot —Está bien. Ahora ruego a Vuestra Majestad que se digne a informarme sobre una cosa.
—¿Sobre qué?
—Sobre las atenciones debidas a su rango.
—¡Atenciones!… ¡Rango!… —dijo Catalina—. ¿Ignoráis, señor, que el rey de Francia no debe atenciones a nadie en su reino, puesto que no reconoce a nadie un rango igual al suyo? Maurevel hizo una segunda reverencia.
—Insistiré, sin embargo, sobre este punto si Vuestra Majestad me lo permite.
—Decid, señor.
—Si el rey dudara de la autenticidad de la orden, lo que no es probable…
—Al contrario, es seguro.
—¿Dudará?
—Sin duda alguna.
—¿Y se negará a obedecer, por lo tanto? —Mucho lo temo.
—¿Y resistirá?
—Es probable.
—¡Oh! ¡Diablos! —dijo Maurevel—. En ese caso…
—¿En qué caso? —preguntó Catalina con la mirada fija.
—En el caso de que resistiese, ¿qué debo hacer?