La Reina Margot
La Reina Margot El montero no se había engañado. A medida que el rey avanzaba, se oían más claramente los ladridos de la jauría, compuesta ya por más de sesenta perros, pues los iban soltando sucesivamente a medida que el jabalí pasaba por los distintos sitios donde estaban colocados los relevos. El rey volvió a verlo y se metió tras él en el bosque, tocando el cuerno con todas sus fuerzas.
Los príncipes le siguieron durante algún tiempo. Pero el rey montaba un caballo tan vigoroso y era tanto su ímpetu que, en la imposibilidad de seguirle por los caminos escarpados y por los espesos matorrales que elegía, primero las damas, luego el duque de Guisa y sus caballeros y después los dos príncipes, se vieron obligados a dejarle solo. Tavannes resistió un rato más, pero, al fin, hubo de darse también por vencido.
Todo el mundo, excepto Carlos y algunos monteros que alentados por una prometida recompensa no querían dejar al rey, se agrupó en las inmediaciones de la encrucijada central.
Los dos príncipes se hallaban juntos en un ancho sendero. A cien pasos de distancia, el duque de Guisa y sus caballeros habían hecho alto. En el cruce de los caminos estaban las damas.