La Reina Margot
La Reina Margot —¡Eh! ¡Alençon! ¡Enriquito! —dijo—. ¿Qué es esto? ¡Por Dios! Estáis tranquilos como si fuerais monjas que siguieran a su abadesa. Esto no se llama cazar. Vos, Alençon, parece que acabáis de salir de una caja, estáis tan perfumado que si pasáis entre el jabalà y mis perros sois capaz de hacerles perder el rastro. Y vos, Enriquito, ¿dónde está vuestro venablo y vuestro arcabuz?
—Señor —dijo Enrique—, ¿para qué el arcabuz? Sé que a Vuestra Majestad le agrada tirar al animal cuando resiste a los perros. En cuanto al venablo, es un arma que manejo con mucha torpeza, pues no se usa en nuestras montañas, donde cazamos osos con un simple puñal.
—¡Pardiez! Enrique, cuando volváis a vuestros Pirineos, quiero que me enviéis una partida de osos, porque debe de ser una hermosa caza la que se hace cuerpo a cuerpo con un animal que puede ahogarnos. Escuchad, creo que oigo el ladrido de los perros. No, me equivoco.
El rey cogió su cuerno y tocó. Otros toques le respondieron. De pronto apareció un montero tocando un aire distinto.
—¡El rastro, el rastro! —gritó el rey.
Y salió al galope, seguido por todos los cazadores que se le habÃan reunido.