La Reina Margot

La Reina Margot

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—Señor —replicó este fría y dignamente—, soy brujo o nigromante siempre que deseo saber con exactitud lo que concierne a mis asuntos o a los del rey. Mi correo de Orleáns llegó hace una hora, y gracias a la posta, ha recorrido treinta y dos leguas en el día. El señor de La Mole, que viaja a caballo, no hace sino diez por día, así es que llegará el veinticuatro. He aquí a lo que se reduce toda mi magia.

—¡Bravo, padre mío! Muy bien contestado —dijo Carlos IX—; demostradles a estos jóvenes que la sabiduría, al mismo tiempo que los años, ha hecho blanquear vuestra barba y vuestra cabellera. Enviémosles a que hablen de sus torneos y de sus amores y quedemos nosotros hablando de nuestras guerras. Los buenos soldados son quienes resultan buenos reyes. Conque ya lo sabéis, señores, tengo que conversar con el almirante.

Los dos jóvenes salieron. El rey de Navarra, primero; el duque de Guisa, después.

En cuanto traspusieron la puerta, cada uno se fue por su lado, luego de cambiar una fría reverencia.

Coligny los siguió con la mirada, no sin abrigar cierta inquietud. Siempre que veía aproximarse aquellos dos odios, temía el choque que hiciera surgir el relámpago. Carlos IX, comprendiendo lo que turbaba su mente, se le acercó y, cogiéndole por el brazo:


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