La Reina Margot
La Reina Margot —Hijo mÃo —le dijo Catalina—, estoy un poco indispuesta y voy a acostarme; vuestro hermano Carlos está muy dolorido por su caÃda y va a hacer otro tanto. De modo que esta noche, en lugar de cenar en familia, servirán a cada cual en su habitación. ¡Ah! Enrique, me olvidaba de felicitaros por vuestro valor y vuestra destreza: habéis salvado a vuestro rey y hermano. Seréis recompensado.
—Ya lo estoy —respondió Enrique inclinándose.
—Por la satisfacción de haber cumplido con vuestro deber —replicó Catalina—; pero no es bastante, creed que Carlos y yo pensamos hacer algo para pagar nuestra deuda.
—Todo lo que pueda venirme de vos o de mi hermano, será bienvenido, señora.
Dicho esto se inclinó y salió.
«¡Ah, hermano Francisco! —pensó Enrique al salir—. Estoy seguro de que no partiré solo. La conspiración que ya tenÃa cuerpo acaba de hallar una cabeza y un corazón. Únicamente debo cuidar de mà mismo; Catalina me ha hecho un regalo y me ha prometido una recompensa; aquà hay gato encerrado. Esta noche hablaré con Margarita».