La Reina Margot
La Reina Margot —¡Demonios! —dijo Coconnas, que se hallaba en un rincón con la duquesa de Nevers—. Esto se complica.
—Entonces, estamos doblemente perdidos —dijo Enriqueta.
Coconnas, valiente hasta la imprudencia, habÃa reflexionado que de todos modos acabarÃan por encender luces y que, cuanto antes se hiciera, serÃa mejor. Dejó la mano de la señora de Nevers, recogió del suelo un candelabro, lo aproximó a un brasero y sopló un carbón para encender la vela.
La habitación se iluminó.
Carlos IX dirigió una mirada interrogadora a su alrededor.
Enrique estaba junto a su esposa; la duquesa de Nevers sola y Coconnas, erguido en medio de la habitación, alumbraba con el candelabro toda la escena.
—Perdonadnos, hermano mÃo —dijo Margarita—, no os esperábamos.
—Y como puede verlo, Vuestra Majestad nos dio un gran susto —dijo Enriqueta.
—Por mi parte —intervino Enrique dándose cuenta de todo— me he asustado tanto que, al levantarme, he tirado la mesa.
Coconnas miró al rey de Navarra como queriendo decir: «¡En buena hora! ¡He aquà un marido que con media palabra le basta!».