La Reina Margot

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«¿Quién le habrá hablado de La Mole?», se preguntó sorprendida Margarita.

—No, señor —respondió Enrique—; el señor de La Mole no está aquí, y lo lamento, porque habría tenido el honor de presentárselo a Vuestra Majestad al mismo tiempo que os presento a su amigo Coconnas; son dos compañeros inseparables y ambos sirven al señor de Alençon.

—¡Ah, ah! ¡Nuestro gran tirador! —dijo Carlos—. ¡Perfectamente!

Y luego, frunciendo el ceño:

—¿No es hugonote ese señor de La Mole? —añadió.

—Convertido, señor —dijo Enrique—, y respondo de él como de mí mismo.

—Cuando vos respondéis de alguien, Enriquito, después de lo que habéis hecho hoy, no tengo derecho a dudar. Pero a pesar de eso me hubiera gustado ver al señor de La Mole. En fin, otra vez será.

Y examinando por última vez el aposento, Carlos besó a Margarita y se llevó al rey de Navarra cogido del brazo.

Al llegar a la puerta del Louvre, Enrique intentó detenerse para hablar con alguien.

—Vamos, vamos, date prisa, Enriquito —le dijo Carlos—. Cuando yo te digo que esta noche el aire del Louvre no es bueno para ti, ¡qué diablos!, créeme.


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