La Reina Margot
La Reina Margot —¡Por Dios! —murmuró Enrique—. ¿Y qué será de De Mouy completamente solo en mi habitación?… ¡Con tal de que la atmósfera que para mà es nociva no sea peor para él!
—Dime —dijo el rey cuando ambos pasaron el puente levadizo—, ¿te agrada que los servidores del señor de Alençon hagan la corte a tu esposa?
—¿Cómo, señor?
—SÃ, ¿no mira tiernamente a Margot ese señor Coconnas?
—¿Quién os lo ha dicho?
—¡Demonio! —dijo el rey—. Me lo han dicho.
—Pura broma, señor; cierto que el señor Coconnas mira tiernamente, pero es a la duquesa de Nevers.
—¡Ah! ¡Bah!
—Puedo responder a Vuestra Majestad de lo que digo.
Carlos se echó a reÃr a carcajadas.
—Está bien —dijo—; ahora, si el duque de Guisa vuelve a traerme cuentos, se tendrá que retorcer el bigote cuando sepa las hazañas de su cuñada. Lo que no sé —dijo el rey haciendo memoria— es si fue del señor de Coconnas o del señor de La Mole de quien me han hablado.
—Ni de uno ni de otro, señor —dijo Enrique—; os respondo de los sentimientos de mi mujer.