La Reina Margot

La Reina Margot

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—Bien, Enriquito, bien —dijo el rey—; prefiero verte así que de otro modo, y te aseguro por mi honor que eres tan valiente mozo que creo que acabaré por no poder pasar sin ti.

Al decir estas palabras, el rey se puso a silbar de un modo que parecía convenido. Cuatro gentiles hombres que esperaban en la esquina de la calle de Beauvais se le unieron, internándose todos juntos en la ciudad.

Dieron las diez.

—¿Qué, volvemos a sentarnos a la mesa? —preguntó Margarita cuando salieron Carlos y Enrique.

—No, por favor —dijo la duquesa—, me he asustado mucho. ¡Bendito sea el palacete de la calle de Cloche-Percée! No se puede entrar en ella sin ponerle sitio, y nuestros valientes amigos tienen allí derecho a echar mano de sus espadas. Pero ¿qué buscáis debajo de los muebles y en los armarios, señor Coconnas?

—Busco a mi amigo La Mole —respondió el piamontés.

—Buscad por los alrededores de mi alcoba —dijo Margarita—; hay allí cierto gabinete…

—Bien —dijo Coconnas—, allá voy.

Y entró en el dormitorio.

—¿Dónde estamos? —preguntó una voz en la oscuridad.

—¡Voto al diablo! Estamos en los postres.

—¿Y el rey de Navarra?


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