La Reina Margot
La Reina Margot —No se ha enterado de nada; es un marido perfecto y le deseo uno igual a mi amada. Sin embargo, mucho me temo que no lo encuentre sino en segundas nupcias.
—¿Y el rey Carlos?
—¡Ah! El rey es distinto; se ha llevado al marido.
—¿De veras?
—Como lo oyes. Además, me ha hecho el honor de mirarme de reojo cuando supo que servÃa al señor de Alençon y de arriba abajo cuando se enteró de que era tu amigo.
—¿Crees que le habrán hablado de m�
—Me temo que sÃ, y por cierto no muy bien. Pero no se trata de esto; creo que las damas proyectan hacer una peregrinación por la parte de la calle de Roi-de-Sicile y nosotros debemos acompañar a las peregrinas.
—Pero es imposible… Lo sabes de sobra.
—¿Cómo, imposible?
—SÃ, estamos de servicio en las habitaciones de Su Alteza real.
—¡Voto al diablo! Es verdad; siempre me olvido de que tenemos un grado y de que de gentiles hombres que éramos hemos tenido el honor de ascender a criados.
Los dos amigos fueron a manifestar a la reina y a la duquesa la obligación que tenÃan de estar presentes por lo menos mientras se acostaba el duque.