La Reina Margot

La Reina Margot

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—Está bien —dijo la señora de Nevers—, nos iremos solas.

—¿Y se puede saber adónde? —preguntó Coconnas.

—¡Oh! Sois demasiado curioso —dijo la duquesa—. Quoere et invenies.

Los dos jóvenes saludaron y subieron corriendo a las habitaciones del señor de Alençon.

El duque parecía aguardarlos en su gabinete.

—¡Ah, ah! —dijo—. Llegáis tarde, señores.

—Apenas si son las diez, monseñor —dijo Coconnas.

El duque sacó su reloj.

—Es verdad, y sin embargo todo el mundo está ya acostado en el Louvre.

—Sí, monseñor, pero aquí nos tenéis a vuestras órdenes. ¿Desea Vuestra Alteza que hagamos pasar a los gentiles hombres?

—Al contrario, id al salón y despedidlos a todos.

Los jóvenes obedecieron, ejecutaron la orden recibida, que no sorprendió a nadie, puesto que quienes esperaban estaban habituados al carácter del duque, y volvieron a su lado.

—Monseñor —dijo Coconnas—, ¿va a acostarse Vuestra Alteza o va a trabajar?


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