La Reina Margot
La Reina Margot
la mitad de la calle de Geoffroy-Lasnier viene a desembocar la de Garnier-sur-l’Eau y, al final de esta, cruza la de las Barras.
AllÃ, dando algunos pasos hacia la calle de la Mortellerie, se encuentra a mano derecha una casita aislada en el centro de un jardÃn rodeado de altas paredes, en las que se abre una sola puerta de acceso.
Carlos sacó una llave de su bolsillo, abrió la puerta y, haciendo pasar a Enrique y al lacayo portador de la antorcha, volvió a cerrarla.
HabÃa una sola ventanita iluminada. Carlos se la enseñó a Enrique sonriendo.
—No comprendo, señor —dijo este.
—Ya comprenderás, Enriquito.
El rey de Navarra miró asombrado a Carlos. Su voz y su semblante tenÃan una expresión de dulzura tan inusitada en él, que Enrique no le reconocÃa.
—Enriquito, lo dije que cuando salÃa del Louvre salÃa del infierno. Cuando entro aquÃ, entro en el paraÃso.
—Señor —dijo Enrique—, es para mà una dicha el que Vuestra Majestad me haya creÃdo digno de hacer con ella el viaje al Cielo.
—El camino es estrecho —dijo el rey mientras subÃa por una escalerita—, pero asà no falta nada a la comparación.
