La Reina Margot
La Reina Margot
UANDO Catalina creyó que ya todo había terminado en la alcoba del rey de Navarra, que ya habían sacado a los guardias muertos y que Maurevel había sido transportado a su casa, despidió a sus damas, pues ya era cerca de medianoche, y trató de dormir. Pero la sacudida había sido demasiado violenta y la decepción muy grande. Aquel Enrique, detestado, que escapaba continuamente a sus emboscadas casi siempre mortales, parecía estar protegido por alguna fuerza invisible que Catalina se obstinaba en llamar azar, aunque en el fondo de su corazón una voz le dijera que el verdadero nombre de semejante fuerza era el de destino. La idea de que el rumor de su nueva tentativa, al extenderse por el Louvre y fuera del Louvre, iba a dar a Enrique y a los hugonotes todavía mayor confianza en el porvenir, la exasperaba, y si en aquel momento el azar, contra el que con tan mala suerte luchaba, la hubiese puesto ante su enemigo, no cabe duda de que con aquel puñalito florentino que llevaba a la cintura hubiera roto el fatal influjo que tan favorable le era al rey de Navarra.
