La Reina Margot
La Reina Margot —Pero, señor —decÃa Enrique—, ahora que estamos de regreso en el Louvre decidme: ¿por qué me hicisteis salir y cuál es el favor que os tengo que agradecer?
—No, aún no —respondió Carlos riendo—. Quizá lo sepas algún dÃa, pero por el momento es un misterio. Quiero que sepas solamente que por causa tuya tendré seguramente una enconada discusión con mi madre.
Al terminar estas palabras, Carlos descorrió un tapiz y se encontró frente a frente con Catalina.
Detrás de él y por encima de su hombro aparecÃa la cara pálida a inquieta del bearnés.
—¡Ah! ¿Estáis aquÃ, señora? —dijo Carlos IX frunciendo el ceño.
—SÃ, hijo mÃo; tengo que hablaros.
—¿A m�
—A vos solamente.
—Vamos, vamos —dijo Carlos volviéndose hacia su cuñado—, ya que no hay modo de librarse, cuanto antes será mejor.
—Os dejo, señor —dijo Enrique.
—SÃ, sÃ, dejadnos —respondió Carlos—, y ya que eres católico ve a oÃr misa en mi nombre; yo me quedo al sermón.
Enrique saludó y salió.