La Reina Margot
La Reina Margot Al oír esta voz, más respetada y sobre todo más temida que la del mismo Carlos, la nodriza entregó la llave a Catalina, pero esta no la necesitaba. La reina madre sacó de su bolsillo la llave correspondiente y abrió con toda facilidad la puerta de la habitación de su hijo.
El cuarto estaba vacío y la cama de Carlos intacta. Su galgo Acteón, echado sobre una piel de oso que había a los pies de la cama, se levantó y vino a lamer las manos de marfil de Catalina.
—¡Ah! —dijo la reina—. ¿Ha salido? No importa; le esperaré.
Y se sentó, pensativa y sombría, junto a la ventana que daba al patio y desde la cual podía verse la entrada principal del Louvre.
Llevaba allí dos horas, inmóvil y pálida como una estatua de mármol, cuando vio entrar a un grupo de caballeros entre los que reconoció a Carlos y a Enrique de Navarra.
Entonces comprendió todo. Carlos, en lugar de discutir con ella a propósito de la detención de su cuñado, se lo había llevado consigo y le había salvado.
—¡Ciego, ciego, más que ciego! —murmuró.
Un instante después resonaron unos pasos en la habitación contigua, que era la sala de armas.