La Reina Margot

La Reina Margot

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Las horas de la noche, tan lentas para quien espera y vela, dieron unas tras otras sin que Catalina lograra pegar ojo. Todo un mundo de nuevos proyectos cruzó, durante aquellas horas de la noche, por su mente poblada de visiones. Por fin, al amanecer, se levantó, se vistió sin ayuda de nadie y se dirigió a las habitaciones de Carlos IX.

Los centinelas, acostumbrados a verla entrar y salir a cualquier hora del día o de la noche en el departamento del rey, la dejaron pasar. Atravesó, pues, la antecámara y llegó hasta la sala de armas. Al llegar allí encontró a la nodriza de Carlos, que se hallaba despierta.

—¿Dónde está mi hijo? —dijo la reina.

—Ha prohibido terminantemente que se entre en su alcoba antes de las ocho, señora.

—Esa prohibición no reza conmigo, nodriza.

—Reza con todo el mundo, Majestad.

Catalina sonrió.

—Sí, ya sé —dijo la mujer— que nadie tiene aquí derecho a oponerse a los deseos de Vuestra Majestad. Le suplico, pues, que oiga el ruego de una pobre mujer y no siga adelante.

—Nodriza, es preciso que hable con mi hijo.

—Señora, no abriré la puerta como no sea con una orden formal de Vuestra Majestad.

—¡Abrid! —dijo Catalina—. ¡Os lo ordeno!


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