La Reina Margot
La Reina Margot —Señora —dijo entonces Enrique—, sé cuán ligada estáis a vuestros amigos y por eso temo que no sea buena la noticia que os voy a dar.
—¿Qué sucede, señor? —preguntó Margarita.
—Que uno de nuestros más queridos servidores se halla en una situación muy comprometida.
—¿Quién?
—Nuestro buen conde de La Mole.
—¡El conde La Mole! ¿Y a causa de qué? —A causa de la aventura de anoche.
Margarita enrojeció, pese a su dominio sobre sà misma. Y haciendo un esfuerzo preguntó:
—¿De qué aventura?
—¿Cómo? —preguntó Enrique—. ¿No habéis oÃdo todo el jaleo que se armó anoche en el Louvre? —No, señor.
—Os felicito —dijo Enrique con sencillez encantadora—; eso prueba que tenéis un sueño excelente.
—¿Qué pasó?
—Que nuestra buena madre dio orden al señor de Maurevel y a seis de sus guardias para que me arrestasen.
—¿A vos, señor? —SÃ, a mÃ.
—¿Y por qué razón?
—¡Ah! ¿Quién puede saber las razones de un espÃritu tan profundo como el de nuestra madre? Las respeto, pero las ignoro.