La Reina Margot
La Reina Margot
ARLOS había regresado a su aposento risueño y jovial. Pero, al cabo de una conversación de diez minutos que tuvo con su madre, se diría que esta le había cedido su palidez y su cólera, llevándose en cambio el radiante buen humor de su hijo.
—¡El señor de La Mole! —decía Carlos—. ¡El señor de La Mole! Hay que llamar a Enrique y al duque de Alençon. A Enrique, porque ese joven era hugonote, y a mi hermano, porque le tiene a su servicio.
—Llamadlos si queréis, hijo mío, pero no vais a sacar nada en limpio. Me temo que Enrique y Francisco estén más unidos de lo que parece. Interrogarles equivaldría a levantar sospechas; me parece que sería mejor la prueba lenta y segura de dejar pasar algunos días. Si les dais tiempo de que respiren, si les hacéis creer que han escapado de vuestra vigilancia, los culpables, envalentonados y triunfantes, os proporcionarán ellos mismos la ocasión; entonces, podremos saberlo todo.
Carlos se paseaba indeciso, conteniendo su cólera como un caballo que mordiera el freno y aplacando con su mano crispada los latidos de su corazón mordido por la sospecha más cruel.
