La Reina Margot
La Reina Margot —Si esta escala es una trampa y muero por vos, Margarita, acordaos de vuestra promesa.
—No es una promesa, La Mole, es un juramento. No temáis nada. Adiós.
Y La Mole, cobrando ánimos, se deslizó más que descender por la escala. En el mismo instante llamaron a la puerta.
Margarita siguió con la vista a La Mole en su peligroso descenso y no apartó de él los ojos hasta asegurarse de que sus pies habÃan tocado tierra.
—¡Señora! —decÃa Guillonne—. ¡Señora!
—¿Qué sucede? —preguntó Margarita.
—Que el rey está llamando.
—Abrid.
Guillonne obedeció.
Los cuatro prÃncipes, sin duda impacientes por la espera, habÃan acudido a la habitación de Margarita.
Carlos entró.
Margarita fue al encuentro de su hermano con la sonrisa en los labios.
El rey lanzó una rápida ojeada a su alrededor.
—¿Qué buscáis, hermano mÃo? —preguntó Margarita.
—Busco…, busco —dijo Carlos—. ¡Cuerno! Busco al señor de La Mole…
—¿Al señor de La Mole?
—SÃ, ¿dónde está?