La Reina Margot

La Reina Margot

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—Dinero. Creo que no estáis muy bien de fondos.

—Al contrario, señora, al contrario, tengo un millón cuatrocientos mil escudos en La Bastilla. Mis ahorros particulares me han proporcionado hace poco ochocientos mil más que deposité en los sótanos del Louvre y, en caso de que no fuera bastante, Nantouillet tiene otros trescientos mil a mi disposición.

Catalina se estremeció; hasta entonces había visto a Carlos en plan violento y arrebatado, pero jamás previsor.

—¡Es admirable! —dijo—. Vuestra Majestad piensa en todo pero, por mucho que se apresuren los sastres, las bordadoras y los joyeros, Vuestra Majestad no podrá fijar la fecha de esta ceremonia antes de seis semanas.

—¡Seis semanas! —exclamó Carlos—. ¡Pero, madre mía, si los sastres, las bordadoras y los joyeros están trabajando desde el día en que se supo el nombramiento de mi hermano! En rigor, todo podría estar listo para hoy, pero, con seguridad, estará todo dispuesto para dentro de tres o cuatro días.

—¡Oh! —murmuró Catalina—. Tenéis más prisa aún de lo que yo creía.

—Honor por honor, ya os lo he dicho.

—Bien. ¿Y es este honor tributado a la familia real de Francia el que os halaga?

—Sin duda.


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