La Reina Margot
La Reina Margot —Ya sabéis que no tengo otro parecer que no sea el que pueda contribuir a vuestra gloria; os diré, pues, que, al apresuraros de tal modo, temo que os acusen de aprovechar la ocasión que se presenta para aliviar al reino de Francia de las cargas que vuestro hermano le impone, aun cuando por otra parte se las compensa con gloria y abnegación.
—Os aseguro que trataré a mi hermano cuando salga de Francia tan espléndidamente, que nadie se atreverá siquiera a pensar lo que teméis que digan.
—Me doy por vencida —dijo Catalina—, puesto que tan excelentes respuestas tenéis para mis objeciones… Pero para recibir a ese pueblo guerrero que juzga del poder de los Estados por los signos exteriores, os hace falta un despliegue considerable de tropas y no creo que haya bastantes acuarteladas en Ille-de-France.
—Perdonadme, pero ya he previsto el caso y estoy preparado. He llamado dos batallones de NormandÃa, uno de Guyena, mi compañÃa de arqueros llegó ayer de Bretaña; la caballerÃa ligera dispersa en Touraine estará hoy en ParÃs y, mientras todos creen que dispongo apenas de cuatro regimientos, resulta que tengo veinte mil hombres dispuestos a presentarse.
—¡Ah! ¡Ah! —exclamó Catalina sorprendida—. Entonces sólo os falta una cosa, pero ya la buscaremos.
—¿Cuál?