La Reina Margot

La Reina Margot

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—No, no, madre. ¡Pardiez! Quedémonos donde estamos. Los polacos han elegido acertadamente. Son diestros y fuertes. Es lógico que una nación militar, un pueblo de soldados, elija a un capitán como rey, ¡qué diantre! Anjou les viene como anillo al dedo: el héroe de Jarnac y de Moncontour, ¡ahí es nada!… ¿A quién queréis que les envíe? ¿A Alençon? ¡Valiente cobarde! ¡Les iba a dar buena idea de los Valois! Alençon saldría huyendo al oír el primer tiro, mientras que Enrique de Anjou es un buen batallador, la espada siempre en la mano, y dispuesto a toda hora a marchar en vanguardia, ya sea a caballo o a pie. Es audaz; corre, arremete, golpea, mata… ¡Ah! Es todo un hombre, un valiente, que les hará pelear de la mañana a la noche, desde el primer al último día del año. Es mal bebedor, es cierto, pero les hará luchar con la mayor sangre fría. Allí estará en su elemento mi buen Enrique. ¡A ellos! ¡Al campo de batalla! ¡Bravo las trompetas y los tambores! ¡Viva el rey! ¡Viva el vencedor! ¡Viva el general! Le proclamarán «Imperator» tres veces al año. Esto será admirable para la Casa reinante de Francia y para el honor de los Valois… Quizá muera; pero ¡por todos los cielos!, su muerte será una muerte soberbia.

Catalina se estremeció y en sus ojos brilló un relámpago.


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