La Reina Margot
La Reina Margot —¡Decid mejor —exclamó— que queréis alejar a Enrique de Anjou, decid que no amáis a vuestro hermano!
—¡Ja, ja, ja! —exclamó Carlos con risa nerviosa—. ¿Conque habéis adivinado que querÃa alejarle? ¿Habéis adivinado que no le quiero? ¿Y cuándo ha sido eso, decidme? ¡Querer a mi hermano! ¿Por qué he de quererle? ¡Ja, ja, ja! ¿Queréis reÃros?… —A medida que hablaba, sus pálidas mejillas se encendÃan con un rubor febril—. ¿Acaso me quiere él? ¿Acaso me queréis vos? ¿Existe alguien que me quiera, que me haya querido nunca, excepto mis perros, MarÃa Touchet y mi nodriza? No, no quiero a mi hermano, no quiero a nadie más que a mà mismo, ¿oÃs?, y no impido a mi hermano que haga lo mismo que yo.
—Señor —dijo Catalina acalorándose a su vez—, ya que me descubrÃs vuestro corazón, será preciso que yo os muestre el mÃo. Estáis obrando como un rey débil, como un monarca mal aconsejado, apartáis a vuestro hermano, el sostén natural del trono, que es digno por todos conceptos de sucederos en el caso de que os ocurriera una desgracia, dejando vuestra corona abandonada, ya que, como vos mismo decÃais, Alençon es joven, incapaz, débil, más aún que débil, cobarde… Y el bearnés aguarda, ¿os dais cuenta?