La Reina Margot
La Reina Margot —¡Por vida de todos los diablos! —gritó Carlos—. ¿Qué me importa lo que suceda cuando yo ya no exista? ¿DecÃs que el bearnés aguarda detrás de mi hermano? ¡Pardiez! ¡Tanto mejor!… Os acabo de decir que no quiero a nadie…; me he equivocado: quiero a Enriquito; sÃ, le quiero; tiene franca la mirada y el corazón ardiente, mientras que a mi alrededor no siento más que falsas miradas y corazones yertos. JurarÃa que es incapaz de traicionarme. Además, le debo una indemnización; según he oÃdo decir, fueron gentes de mi familia quienes mandaron envenenar a su madre, ¡pobre muchacho! Ahora tengo salud, pero, si cayera enfermo, le llamarÃa y no dejarÃa que se apartara de mÃ, ni comerÃa nada que no viniese de su mano y, al morir, le nombrarÃa rey de Francia y de Navarra… Y, ¡por Satanás!, en lugar de reÃrse de mi muerte, como harán mis hermanos, Enriquito llorarÃa, o, por lo menos, fingirÃa llorar.
Un rayo que hubiera caÃdo a los pies de Catalina la habrÃa aterrado menos que estas palabras. Se quedó atónita, mirando a Carlos con ojos extraviados y, por fin, al cabo de algunos segundos, exclamó:
—¡Enrique de Navarra! ¡Enrique de Navarra rey de Francia en perjuicio de mis hijos! ¡Ah! ¡Virgen Santa! Eso lo veremos. ¿Y es para esto para lo que queréis que se vaya mi hijo?