La Reina Margot

La Reina Margot

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—No os preocupéis, señor. A la derecha o a la izquierda de Vuestra Majestad, visible o invisible, De Mouy estará mañana aquí durante la recepción de los embajadores. Una palabra en el discurso de la reina le hará comprender si aceptáis o no, si debe huir o esperaros. Si el duque de Alençon no acepta, no pide más que quince días para reorganizarlo todo en nombre vuestro.

—Verdaderamente, De Mouy es un hombre extraordinario —dijo Enrique—. ¿Podríais intercalar en vuestro discurso la frase convenida, señora?

—Nada más fácil —respondió Margarita.

—Entonces —dijo Enrique— veré mañana al señor de Alençon; que De Mouy esté en su lugar y que media palabra le baste.

—Estará, señor.

—Pues bien, señor de La Mole —añadió Enrique—, id a llevar mi respuesta. Sin duda tendréis en los alrededores un caballo y un sirviente.

—Me espera Orthon a la orilla del río.

—Id a reuniros con él, señor conde. ¡Oh! No vayáis por la ventana; eso está bien para las ocasiones graves. Podríais ser visto, y como nadie sabe que es por mí por quien os exponéis de tal modo, comprometeríais gravemente a la reina.

—¿Por dónde he de bajar entonces, señor?


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