La Reina Margot

La Reina Margot

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—Si no podéis entrar solo al Louvre, en cambio podéis salir conmigo, que conozco el santo y seña. Vos tenéis una capa y yo otra; nos embozaremos en ellas y atravesaremos la guardia sin dificultad. Por otra parte, tengo que dar algunas recomendaciones particulares a Orthon. Esperadme aún aquí; voy a ver si no hay nadie en los pasillos.

Enrique, con el aire más natural del mundo, salió con intención de explorar el camino. La Mole quedóse a solas con la reina.

—¿Cuándo os volveré a ver? —preguntó el enamorado.

—Mañana por la noche si huimos; si nos quedamos, cualquier día de estos en la calle de Cloche-Percée.

—Señor de La. Mole —dijo Enrique al volver—, podéis seguirme, no hay nadie.

La Mole se inclinó respetuosamente ante la reina.

—Dadle a besar vuestra mano, señora —dijo Enrique—; el señor de La Mole no es un servidor más.

Margarita obedeció.

—A propósito —dijo Enrique—, guardad con cuidado la escala, es un elemento precioso para los conspiradores y, en el momento en que menos se piensa, puede ser útil. Venid, señor de La Mole, venid.


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