La Reina Margot
La Reina Margot Debió agradarle el nombre de la calle, porque dobló por ella descubriendo a su izquierda una magnífica plancha de metal que se balanceaba con acompañamiento de campanillas. Como llamase su atención el rótulo, se detuvo por segunda vez para leer estas palabras: A la Belle Etoile, escritas bajo una pintura que representaba el espectáculo más atrayente para un viajero hambriento. En medio de un cielo negro se distinguía un ave asándose, mientras un hombre con capa colorada tendía hacia tan apetitoso astro de nueva especie sus brazos, su bolsa y sus ansias.
—¡Vaya! —se dijo el gentilhombre—. Esta es una posada que se anuncia bien, cuyo dueño ha de ser, ¡por mi honor!, un ingenioso compadre. Siempre he oído decir que la calle de l’Arbre-Sec pertenece al mismo barrio que el Louvre, y, por poco que el establecimiento esté de acuerdo con la muestra, estaré perfectamente aquí.
Mientras el recién llegado monologaba así, otro caballero que había entrado por el extremo opuesto de la calle, es decir, por la de Saint-Honoré, se detenía, permaneciendo también en éxtasis ante el letrero de A la Belle Etoile.