La Reina Margot

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Capítulo XVII

QUE venga a verme el duque de Alençon —dijo Carlos despidiendo a su madre.

El señor de Nancey, dispuesto, después de la advertencia hecha por el rey a no obedecer a nadie que no fuera Carlos IX, se llegó de un salto a la habitación del duque, transmitiéndole sin rodeos la orden que acababa de recibir.

El duque de Alençon se estremeció; siempre había temblado ante Carlos y ahora con mayor razón que nunca, pues, desde que se había metido a conspirador, los motivos para temerle eran más poderosos.

No por eso dejó de acudir al llamamiento de su hermano, aunque lo hiciera con calculada prisa.

Carlos estaba en pie silbando un aire de caza.

Al entrar, el duque de Alençon sorprendió en los ojos vidriosos de Carlos una de aquellas miradas venenosas que tan bien conocía.

—Vuestra Majestad me mandó llamar —dijo—. Aquí estoy, señor, ¿qué desea de mí Vuestra Majestad?

—Quiero deciros, mi querido hermano, que para recompensar el cariño que me profesáis, estoy decidido a hacer hoy por vos lo que os guste más.

—¿Por mí?


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